Una historia hecha cenizas: Crónica de un incendio que hiere el corazón de Victoria

Por: Carlos Eriz

Dos semanas después de haber celebrado con orgullo y alegría sus 138 años de existencia, la ciudad de Victoria se impacta al sufrir una pérdida patrimonial invaluable: su histórico Mercado, enclavado en el corazón del barrio más concurrido y popular, se quemó completamente.

Eran pasadas las 2.00 de la madrugada, cuando vecinos de calle Sotomayor despertaron por los ruidos que hacía la madera entrando en combustión. Un fuerte crepitar que comenzaba a sentirse a varias cuadras de distancia, acompañado de la rojiza luminosidad de unas enormes llamaradas que emergían desde el interior superando ya la elevada techumbre, más un humo espeso, que impulsado por el viento sur, cubría el sector.

Prontamente dieron aviso a bomberos, y comenzaron a sonar urgentemente las sirenas de todos los cuarteles, llamando perentoriamente a su contingente para abordar las unidades disponibles que presurosas se dirigieron al lugar; pero se veía que este combate sería lamentablemente, imposible de ganar.

La enorme estructura centenaria ardía completamente desde sus entrañas y sus contenidos estallaban estruendosamente.

Carabineros, que tiene su comisaría a media cuadra, rápidamente rodeó el lugar; decenas de curiosos aparecían asustados desde todos los barrios cercanos, grabando y fotografiando el triste momento, mientras uno a uno los locatarios y familiares con llanto, desazón e impotencia, arrodillándose en el suelo y cubriendo el rostro con sus manos para sostener las lágrimas, veían como sus esfuerzos de toda una vida desaparecían calcinados.

En cosa de minutos el infierno se hizo incontrolable. El agua lanzada desde los cuatro costados parecía pequeña ante la magnitud del siniestro. Sólo quedaba trabajar valientemente en la contención, a corta distancia, mientras caían cornisas y maderos incandescentes, para evitar desesperadamente que se extendiera a edificaciones cercanas como el terminal de buses rurales, otros locales comerciales y sobre todo lo más peligroso: la adyacente estación de servicios Petrobras, que había cerrado su acceso, evacuando al personal de turno.

Miles de grados alcanzó la temperatura. Y todo se quemó a puertas cerradas. Nadie pudo rescatar nada, era imposible. La propagación abarcaba completamente el interior y la estructura comenzaba a colapsar, derrumbándose ruidosamente, agregando otro impactante matiz al ulular de las sirenas de más unidades que se sumaban al combate desde otras localidades y comunas cercanas, acudiendo a reforzar a sus camaradas.

“Dios mío, qué terrible”, “Qué pena más grande”, eran expresiones sinceras de compasión que se escuchaban de labios de quienes se agolparon alrededor. “Pobre gente”, “¿Qué harán ahora?”, “Cómo podrán levantarse nuevamente”, añadían.

Es que el impacto de ver desaparecer así un recinto que era el patrimonio turístico, gastronómico e histórico de la ciudad, es profundo. A ese lugar llegaban diariamente los campesinos a desayunar o almorzar; los clientes de toda la comuna a hacer compras, los visitantes a conocerlo.

Era un punto típico, que había recibido recientemente un hermoseamiento financiado por el programa de barrios comerciales tradicionales. Estaba bonito, orgullosamente rejuvenecido. Tenía nuevos emprendimientos, de gente joven que paulatinamente iba reemplazando a los más antiguos. Y se venían otros proyectos, para complementar ese mejoramiento.

Ahora nada de eso queda, sólo los recuerdos de muchas generaciones que lo conocieron y trabajaron en él. 29 locales desparecieron: carnicerías, florerías, restaurantes, cocinerías, tiendas de ropa, calzados, menaje, depósito de harinas, de gas licuado, hierberías, panadería, etc. Y más de 100 personas quedaron sin sus fuentes laborales, calculándose las pérdidas en centenares de millones, entre la estructura, instalaciones, mercaderías, insumos, maquinaria, dinero, equipamiento, etc.

Hacía años que dejó de ser el Mercado Municipal, para transformarse en la Sociedad Mercado Victoria, al haber sido adquirido con mucho esfuerzo por sus locatarios. De ellos muy pocos tenían seguros, la mayoría estaban desprotegidos y quedaron ahora a brazos cruzados.

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