Ser vocal de mesa. ¿Es tan penca como todos creen?

Osvaldo Cortés. Periodista de Somos9

Vocal de mesa. Uno de los deberes cívicos que los ciudadanos deben cumplir para permitir el correcto desarrollo de las elecciones en el país. Pero la mayoría de la gente lo ve como una labor terrible, engorrosa, extenuante… y yo no soy la excepción. Así que cuando supe que fui llamado a cumplir ese deber en estas elecciones municipales, mi sorpresa fue grande y mi experiencia, interesante. He aquí mi historia.

Cuando supe la “agradable” noticia de que fui designado como vocal de mesa, mi reacción pudo ser escuchada a tres cuadras a la redonda. Era pajarito nuevo dentro del padrón electoral -gracias a la inscripción automática- y había sido designado como vocal de mesa. Partí inmediatamente a jugar un Kino.

Vocal de mesa. El concepto ya me causaba alza de presión, ya que por mi mente pasaban todas aquellas nefastas historias sobre lo que aquella función significaba: horas sin poder pararse ni para poder ir al baño, pasar el día completo con el estómago vacío, largas filas de votantes y correr de allá para acá firmando papeles y acarreando votos; un día que parecería una eterna tortura.

El local de votación que me fue asignado -una escuela- era originalmente exclusivo de mujeres… ¡y se notaba!. El lugar parecía un concierto de Ricardo Arjona, a pesar de que ahora las mesas eran mixtas. Incluso las otras vocales de mi mesa eran féminas, con excepción de otro tipo que también sería vocal con nosotros. En fin, todos resultaron ser bien simpáticos y dicharacheros, lo que hizo que la jornada del domingo fuera menos desagradable.

Anterior a las elecciones  el día sábado, se constituyeron las mesas. Ese día, entre los vocales de la mesa acordamos los roles que tendría cada uno; a mi me tocó ser secretario, lo que significaba, a grandes rasgos, que era quien debía llevar registro de quienes votaban y era quien debía llenar los engorrosos formularios en donde se estipulaban desde la constitución de mesa hasta el conteo de votos.

Iniciamos el proceso de votación tranquilamente. Tuvimos el tiempo y la calma, luego de declarar abierta la mesa, de organizar la sala en donde estábamos, pasar a votar, revisar las cosas que trajimos para comer y beber, para conversar de todo y para compartir historias sobre elecciones pasadas, algo que me ayudó a entender como funcionaba todo, ya que dos de las mujeres en la mesa -una de unos 40 años y otra de casi 60- ya tenían experiencia en esto de ser vocal. Pasamos casi todo el día conversando, riendo, tomando -agua y jugo; que quede claro-, comiendo, escuchando a Queen… y atendiendo a los votantes, por supuesto.

Durante la jornada, se pudo notar el impacto que tuvo el hecho de que ahora la votación era voluntaria: llegó muy poca gente a la mesa. La gente pasaba de una en una y en el peor de los momentos, no se agolparon más de seis en la sala. De hecho, hicimos un cálculo al final del día y determinamos que sólo un 44% de los votantes inscritos en la mesa llegó a votar; una cifra cercana a la realidad nacional. Por un lado, eso era malo porque era muestra de la gran abstención que hubo en estas elecciones, pero por otro lado era bueno para nosotros los vocales, porque al menos podíamos pararnos para ir al baño. En resumen, el proceso de votación fue lento y escaso, pero nos dejó respirar.

A las 18:04 horas, luego de que el último votante apareciera a última hora (una chica que se notaba había carreteado la noche anterior, por la cara y el hecho de que recién se había duchado, por el pelo mojado), cerramos la mesa… y ahí comenzó lo “divertido”. El conteo de votos fue lo más fácil; lo difícil fue constatar cada paso realizado y registrar cada resultado en cada forma y acta que nos habían entregado. Algunos de esos papeles venían en triplicado… ¡y los hueones del Servicio Electoral no se rajaron con los calcos!.

Al fin, pasadas las 21:00 horas, terminamos de contar votos, llenar papeles, firmar (¡cuantas firmas piden! Firmé hasta el papel higiénico), cerrar sobres, entregar cajas y hasta luego, babosos. Me despedí gratamente de quienes fueron vocales conmigo y pude irme en paz a mi hogar.

¿Qué conclusiones puedo sacar de la experiencia? Que ser vocal de mesa es penca, pero por culpa del sistema. Quizás se ha simplificado bastante, ya que no hay que usar el pesado libro de registro de votantes ni hay que escribir extensas observaciones de la jornada, pero igual el vocal de mesa debe estar temprano en la mañana en la mesa y quedarse hasta tarde, cuando anochece  llenando tantos papeles que uno se pierde y se desespera, porque el sistema es cuadrado y no permite errores. Y a diferencia de antes, la mesa no puede cerrarse antes de tiempo, aunque esté lista.

Y esa fue la experiencia de este humilde servidor como vocal de mesa: un proceso burocrático aburrido, pero obligatorio, que habría sido peor de no ser por la gente con la que me tocó trabajar, a quienes agradezco los buenos ratos de conversación y los sandwiches de pollo y chocolates que me regalaron. Gracias.

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